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Hermana Janeth Aguirre, misionera en Mali. Foto/Onda Cero
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
          
          «No podemos explicarlo, no podemos dar razones a lo que simplemente, no tiene razón de ser»
 

Solo el silencio de María al pie de la Cruz, la comunión con su desolación de madre y el peso de la confusión ante lo incomprensible logra hilar el nerviosismo de nuestras miradas y la incesante suplicación… Dios mío, Dios mío. ¿Qué está pasando? ¿Cuándo se metió esta violencia en nuestras aldeas?

Tras sentir en nuestra piel el dolor por los últimos acontecimientos sucedidos en África, este continente amado por tantos misioneros y misioneras del mundo entero, todas las preguntas surgen, todos los suspiros de desconcierto nos abruman al escuchar estas noticias…, pero jamás la idea del abandono.  Somos mensajeros de esperanza allí donde estamos y donde hemos sido enviados con un único objetivo… ser testigos de la Resurrección de Cristo.

El Evangelio traducido en nuestra espiritualidad Franciscana nos impulsa cada día a humanizar a las personas con quienes hacemos camino, a hacerlos crecer en dignidad, en calidad de vida, en autonomía y para esto han de encontrar en nosotros un rosto iluminado por la fe en Jesucristo, en la Vida Nueva que Él nos comunica con su Palabra cada día…

El miedo es una sensación que nos circunda y que, a veces, se nos mete en las células. Sin embargo, son sensaciones momentáneas que mueren delante del pobre que toca a nuestra puerta, delante del sediento o el desnudo, delante del triste y desplazado por los múltiples conflictos sociales, económicos, políticos… que desembocan en situaciones atroces como es el caso de los crudos ataques contra los misioneros, en estos últimos meses.

Ante lo que nunca debió ocurrir surge un gran desafío y es “¿cómo mostrar caminos de amor verdadero, amor fraterno, amor de comunión donde todos se sientan hermanos y re-construir la gran familia humana?”. Siempre se nos ocurren cosas, siempre resulta esa persona que da la primera puntada y ahí nos pegamos todos los demás. Siempre encontramos la manera de darle sentido a estas “pérdidas irreparables” para ir más allá y hacer perdurar en el tiempo y en el espacio donde ejercieron su misión, el mensaje de vida de aquellos que se han ido en tan crueles circunstancias.

Y existe un pueblo dolorido alrededor que protesta en silencio contra estos actos; que sufre y llora por el dolor de lo inexplicable, por ver partir aquellos que les daban esperanza y vida.

¡Nadie habla de irse, por Dios!, ni en las peores circunstancias. Hemos vivido ya tanto dolor, la iglesia ha sido confrontada a tantos golpes sangrientos, los habitantes de nuestras aldeas han visto desaparecer de manera atroz a sus hijos, a sus padres, a sus esposos… Cristianos, musulmanes, todos hermanos, sufren el dolor de los conflictos armados. Las autoridades civiles, la iglesia, la vida consagrada son víctimas de secuestro y muertes. Más nunca muere la confianza en un Dios Creador y Misericordioso que nos ama y sufre con el dolor que los seres humanos se imponen entre ellos mismos. Allí está justamente el lugar del misionero: traducir en su lengua local, en el lenguaje de cada corazón, que la última palabra no la tiene la muerte, sino la Vida.

Y allí llegamos nosotros misioneros creando espacios de vida, sembrando esperanza aun cuando nos golpean. Seguimos esperando a quienes están secuestrados y desaparecidos. Hay tanto por hacer, tanto camino por recorrer… Nos apura el ayudarles a mejorar sus condiciones de vida, enviar a los niños al cole, crear pozos de agua para que puedan cultivar y cosechar sus granos, educar y formar a las nuevas generaciones. Hemos de seguir cumpliendo la misión a la que fuimos llamadas: DAR VIDA y DAR LA VIDA.

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                                                          «Cultivemos la paz»

 

Pocas personas saben en España lo que ocurrió el 12 de mayo en Dablo a las 9 de la mañana, localidad situada al norte del Burkina Faso. Más de 50 yihadistas montados en 27 motos llegaron a toda velocidad, se dividieron en varios grupos. Uno de ellos quemó dos bares, otro prendió fuego a la ambulancia del dispensario y robó las medicinas. El resto fue a la iglesia.

Apenas comenzaba la misa cuando se escucharon tiros. La gente trataba de huir, pero ellos entraron, cerraron las puertas y pidieron que nadie se moviera. Robaron a la gente y preguntaron por los responsables. Fue entonces cuando el joven sacerdote Simeon Ñampá tuvo el valor de esconder a los monaguillos bajo el altar e intentó salir por la sacristía, pero le vieron y lo abatieron en la puerta. Luego hicieron tumbarse a otros cinco hombres detrás de la iglesia y les dispararon; entre ellos estaba el que tocaba el tam-tam. Antes de marcharse quemaron los libros de la coral y dispararon al sagrario.  

Esta barbarie es continua desde el año 2015, año en que gendarmes, policías, escuelas, etc. sufrieron los primeros ataques de los islamistas radicales en la zona del Sahel. En el año 2016, el grupo yihadista «Ansarul Islam» reivindicó varios ataques contra los militares, uno de ellos causando doce muertos. Y en el 2017 hubo un total de 54 ataques, con 62 víctimas mortales, y todas las escuelas de la región cerraron sus puertas.

Pero esto no es comparable con lo ocurrido en el año 2018 y en lo que llevamos del 2019. Las acciones terroristas se han desplazado de Djibo a Arbinda, y avanzan en varias direcciones. Todos los pueblos de estas dos localidades han sufrido ataques terroristas que se han cobrado la vida de numerosas víctimas.

Esta situación ha sembrado el pánico en la población y muchas personas han optado por huir y abandonar sus pueblos, ahora lugares vacíos. La gente se ha refugiado donde hay gendarmes, creando una situación humanitaria muy difícil, pues estas personas llegaron con las manos vacías y el problema del agua, en esta época de calor, es acuciante.

El año pasado fue secuestrado un catequista y un pastor protestante. Este año, en marzo, el párroco de Djibo fue capturado cuando regresaba de visitar un pueblo y, a día de hoy, se encuentra en paradero desconocido.

Más de 1.800 escuelas y colegios en todo el Sahel continúan cerrados, pues los terroristas quieres que los niños aprendan el árabe y el Corán. ¿Pero se puede obligar a toda la población a convertirse al islam?

La guerra terrorista ha abierto un nuevo frente desde el pasado Viernes Santo, atacando las iglesias. Ese día entraron en la capilla de un pueblo de Arbinda, repleta de gente que hacía el Viacrucis y obligaron a mujeres, niños y ancianos a salir. Dentro de la iglesia dispararon a los 4 o 5 hombres que quedaron, después quemaron un colegio en construcción. Dos semanas más tarde, los protestantes sufrieron otro ataque durante el culto y seis personas perdieron la vida. Apenas dos días después, los terroristas arrebataron la vida de cuatro personas más, cuatro personas que transportaban una imagen de la Virgen.

Ayer domingo 26 de mayo de 2019 en un pueblo de Titao, en la zona de Uahiguya, se produjo un nuevo ataque a otra iglesia en plena celebración, dejando tras de sí cuatro muertes más, entre ellas, la del catequista. 

¿Hacia dónde vamos?  ¿Van a continuar los ataques a los cristianos en las iglesias y lugares de culto? Esperamos que la estación de lluvias que llega haga disminuir los ataques por la dificultad de los terroristas para desplazarse sobre pistas inundadas. ¿Pero, y después? ¿Cómo los refugiados podrán cultivar sus campos? ¿Qué cosecha tendrán? 

Dos cosas me parecen necesarias y una tercera a señalar:

1) Que los españoles de buena voluntad se acuerden de los miles de refugiados del Sahel y que, a través de proyectos de desarrollo, Manos Unidas y otras ONG sigan apoyando la convivencia de musulmanes y cristianos. Los terroristas quieren provocar la guerra entre musulmanes y cristianos, pero no lo conseguirán, pues seguimos caminando por el camino del respeto mutuo y la convivencia.

2) Que cultivemos la paz, que es un don que hay que pedir a Dios, como dice el Cardenal de Uagadugugu. La paz en las familias y en la sociedad, ¿cómo pedir a los musulmanes que hagan la paz si nosotros cerramos las fronteras y los recibimos con concertinas?

3) En el Sahel tenemos, desde este año 2019, nuevos mártires: las dos decenas largas de cristianos muertos por odio a la fe mientras estaban en la oración, entre los que se encuentran dos sacerdotes, y uno de ellos, para nuestra gloria, el salesiano padre César. Que intercedan por nosotros y nos protejan. 

 

                                               Un misionero español del Sahel, refugiado

                                                           Mayo 2019

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Revista 210 Manos Unidas

Revista nº 210

Revista cuatrimestral de Manos Unidas. «Por la dignidad de las mujeres».

Guía para catequistas y formadores 2019-2020. Manos Unidas

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Disponible en castellano, catalán y gallego.

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