¡Nou bouke! - ¡No podemos más!

Josela Gil Navarro, religiosa de Jesús-María y socia local de Manos Unidas en Haití.
Josela Gil Navarro
Religiosa de Jesús-María y socia local de Manos Unidas en Haití.

Josela Gil Navarro es religiosa de Jesús-María y socia local de Manos Unidas en Haití. La misionera llegó a Puerto Príncipe en 2017 para continuar con la labor que la misionera española Isa Solá llevaba a cabo en el Taller de San José, antes de ser asesinada durante un asalto. Con el apoyo de Manos Unidas, este taller confecciona prótesis para personas de los barrios más empobrecidos de la ciudad.

A continuación, difundimos un texto escrito por Josela Gil, quien advierte de la grave situación que atraviesa el país más pobre de América, Haití; un país castigado por la inestabilidad política, social y económica.

LA LUZ EN LA NOCHE CERRADA

En Haití, en este tiempo de Pascua en el que se revela que «algo nuevo está naciendo» en medio de la tormenta, donde «el mar se encuentra encrespado y la noche está cerrada», llevamos meses viviendo en pura zozobra, remando en una tremenda incertidumbre política y social.

Pero echemos, por un momento, la vista atrás, y enlacemos con los acontecimientos de 2019, cuando durante seis meses el país estuvo cerrado de forma intermitente en lo que a instituciones religiosas y civiles se refiere, con manifestaciones y violencia diaria; o miremos también el pasado 2020 que, si bien la Covid-19 no arrasó Haití como en otras regiones del mundo, su influencia nos está ahora pasando una buena factura: el drástico recorte de las ayudas internacionales provocó el cierre de numerosos proyectos y ha inducido al deseo masivo de querer salir del país en busca de trabajo y supervivencia.

Un sistema de bandas criminales campa a sus anchas por todo el país, extorsionando a la población y engendrando ese miedo que, poco a poco, nos desgasta anímicamente.

Hoy Haití es un país con un presidente aferrado al poder y sin ningún tipo de autoridad moral frente a su pueblo. Como subrayó el presidente del colegio de abogados de Puerto Príncipe, el profesor Dorval Monferrier, en la última entrevista de su vida, tan solo unas horas antes de ser asesinado el 28 agosto de 2020, «el país no está gobernado ni administrado». La corrupción, su principal enfermedad, se encuentra instalada de tal manera que un sistema de bandas criminales campa a sus anchas por todo el país, extorsionando a la población y engendrando ese miedo que, poco a poco, nos desgasta anímicamente. El tráfico y la posesión de armas por parte de estos cerca de 70 grupos es algo que parece natural e imposible de frenar. Su poder es completo.

La democracia y la dignidad secuestradas

A principios de 2021, a las manifestaciones y calles bloqueadas con neumáticos incendiados como protesta –una protesta constante y, también hay que decirlo, manipulada, ya que el paro y la miseria se ceban con una población mayoritariamente joven–, se añadieron de una forma más habitual los llamados «secuestros exprés» a personas de cualquier condición. Tras estos secuestros, realizados a plena luz del día, se exige un dinero la mayoría de las veces exorbitante a cambio de la liberación de la víctima. Y si el dinero no se entrega, el pago es la muerte. Así es.

Simplemente se trataba de mirar a un pueblo que ya no puede más.

El 7 de febrero de este año se esperaban elecciones. Pero un artículo de la Constitución interpretado de diferentes maneras según quien lo leyera, provocó que Jovenel Moïse se aferrara aún más al sillón presidencial. Las reacciones no se hicieron esperar y el levantamiento popular fue absoluto. Ya no se trataba de interpretar nada, ni siquiera de evaluar si jurídicamente pudiera incluso tener razón. Simplemente se trataba de mirar a un pueblo que ya no puede más, que necesita la credibilidad de sus gobernantes, que el dinero se invierta en lo que debía ser destinado, que los jóvenes puedan acceder a un trabajo digno, que los niños vayan a la escuela... que haya comida en la mesa.

Numerosas instituciones, entre las que se incluía la Iglesia católica, emitieron cartas que se publicaron de manera inmediata, exigiendo la salida del presidente y la convocatoria de elecciones, como un primer paso para poder abordar una situación que se torna desesperante. Nada. La respuesta fue trasladar los carnavales a otra zona del país, evitando Puerto Príncipe, y buscar esa «alegría popular» que olvida los desaciertos. Y el presidente se dio un baño de masas en medio de una algarabía que duró una semana.

Solidaridad ante los ataques a religiosos

Hasta que el pasado domingo 11 de abril, la banda conocida como la «400 mawozo», en la calle, a plena luz del día, se llevó a cinco sacerdotes –cuatro de la comunidad de Saint Jacques y uno de la Archidiócesis de Cabo Haitiano–, a dos religiosas y a tres familiares de uno de los secuestrados, entre ellos su propia madre. Un millón de dólares ha sido el precio fijado para su liberación. El miércoles siguiente, día 14, mataron a una profesora del colegio de los hermanos del Sagrado Corazón que se resistió a un ataque. Y antes, el sábado, ya habían hecho lo propio con otras dos personas. El jueves santo secuestraron a un pastor de una Iglesia adventista y a tres acólitos en una celebración que en ese momento se emitía por Facebook y retransmitía, con toda su crudeza, el propio secuestro. Todos lo pudimos ver.

Un sentimiento y una fuerza que surge del fondo es lo que vive el pueblo haitiano y todos aquellos que compartimos sus esperanzas y sus luchas.

Esto provocó que nuestra Iglesia hiciera un llamamiento firme a todas las instituciones católicas para cerrar el jueves 15 de abril y unirnos a la misa que se celebraría a las 12h en todas las parroquias de Puerto Príncipe con un toque global de campanas. El arzobispo, junto con todos los obispos del país que pudieran asistir, celebraría en la Iglesia de Saint Pierre en Petion Ville. La respuesta tanto de organizaciones civiles como religiosas fue inmediata. El seguimiento y apoyo fue unánime, y hubo emoción contenida en esa celebración. Un pueblo que gritaba «nou bouke» (¡no podemos más!) y que clamaba a Dios su sostenimiento en la esperanza, invadía toda la ciudad.

Y el viernes se volvió al trabajo. Como tantos y tantos días antes y después de cada hecho y en medio de todo esto. Las familias tienen miedo. Sí, lo hay, pero no parálisis. Un sentimiento y una fuerza que surge del fondo es lo que vive el pueblo haitiano y todos aquellos que compartimos sus esperanzas y sus luchas. Nuestra labor continúa, desde cada pequeña parroquia, y con el aliento de organizaciones de más allá de nuestras fronteras, como Manos Unidas. Y, por muy inverosímil que parezca, la VIDA renace con más fuerza, si cabe, cuanto más necesitados estamos de regalar una ternura que sane tanta violencia.

Los misioneros que nos encontramos aquí, así como todos aquellos con los que compartimos proyectos y misión, seguimos saliendo, trabajando, con la misma prudencia y quizá el mismo «miedo» de todos los que salen cada día a buscarse el pan. Pero no dejamos que este miedo sea protagonista de nuestra vida. Hemos aprendido mucho de la gente haitiana. Aunque el mar esté encrespado y la noche cerrada, estamos seguros de que amanecerá. Este pueblo lo merece. Su resiliencia y su fuerza incansable nos anima.

Este artículo de Josela Gil Navarro fue publicado originalmente en ABC

También te puede interesar

Suscríbete a la newsletter

Informarse es el primer paso para actuar.

Suscríbete