Papa León XIV: «Los pobres no son una distracción para la Iglesia, sino los hermanos y hermanas más amados»

Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de los Pobres.

Papa León XIV: «Los pobres no son una distracción para la Iglesia, sino los hermanos y hermanas más amados». Fotografía: Wikimedia Commons

En el mensaje publicado por León XIV con motivo de la Jornada Mundial de los Pobres, y a las postrimerías del Año Jubilar, el pontífice reflexiona sobre la esperanza cristiana y el papel central que los pobres tienen en la vida y en la misión de la Iglesia.

El Papa hace hincapié en que la esperanza de los pobres nace de la dificultad; es más real porque éstos son testigos privilegiados de una esperanza auténtica, porque no confían en las seguridades del poder o de la riqueza.

El pobre puede convertirse en testigo de una esperanza fuerte y fiable, precisamente porque la profesa en una condición de vida precaria, marcada por privaciones, fragilidad y marginación. No confía en las seguridades del poder o del tener; al contrario, las sufre y con frecuencia es víctima de ellas. Su esperanza sólo puede reposar en otro lugar. Reconociendo que Dios es nuestra primera y única esperanza, nosotros también realizamos el paso de las esperanzas efímeras a la esperanza duradera. Frente al deseo de tener a Dios como compañero de camino, las riquezas se relativizan, porque se descubre el verdadero tesoro del que realmente tenemos necesidad.

El Santo padre recuerda también que, como señalaba el papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelii gaudium, «la pobreza más profunda es no conocer a Dios».

Esperanza para transformar la realidad

El mensaje, León XIV, explica que los cristianos, desde sus orígenes, quisieron identificar la esperanza con un ancla que da «estabilidad y seguridad».

Y asegura que las riquezas «muchas veces engañan y conducen a situaciones dramáticas de pobreza». Por ello, la mirada esperanzada al futuro prometido por Dios - «el cielo nuevo y la tierra nueva»- no debe alejar a los cristianos de ahora, del compromiso presente. La esperanza exige actuar y trabajar por una sociedad más justa, donde la dignidad de cada persona sea respetada.

Y, tras referirse a las virtudes teologales, el Papa subraya que «la caridad es el mayor mandamiento social», según el Catecismo de la Iglesia Católica, (1889) y que la lucha contra la pobreza debe incluir afrontar y eliminar sus causas estructurales.

Mientras estos cambios no llegan, invita a reconocer y sostener los signos concretos de esperanza que ya existen: hogares de acogida, comedores sociales, escuelas populares, centros de escucha y acompañamiento, entre otros.

Cada vez más, los signos de esperanza son hoy las casas-familia, las comunidades para menores, los centros de escucha y acogida, los comedores para los pobres, los albergues, las escuelas populares: cuántos signos, a menudo escondidos, a los que quizás no prestamos atención y, sin embargo, tan importantes para sacudirnos de la indiferencia y motivar el compromiso en las distintas formas de voluntariado.

Los pobres, en el centro de la misión de la Iglesia

Para León XIV los pobres son el corazón mismo de la acción evangelizadora. «Los pobres no son una distracción para la Iglesia, sino los hermanos y hermanas más amados, porque cada uno de ellos, con su existencia, e incluso con sus palabras y la sabiduría que poseen, nos provoca a tocar con las manos la verdad del Evangelio».

Este es el motivo por el que el Papa insiste en que la Jornada Mundial de los Pobres «recuerda a nuestras comunidades que los pobres están en el centro de toda la acción pastoral».

Los pobres no son objetos de nuestra pastoral, sino sujetos creativos que nos estimulan a encontrar siempre formas nuevas de vivir el Evangelio hoy. Ante la sucesión de nuevas oleadas de empobrecimiento, existe el riesgo de acostumbrarse y resignarse. Todos los días nos encontramos con personas pobres o empobrecidas y, a veces, puede suceder que seamos nosotros mismos los que tengamos menos, los que perdamos lo que antes nos parecía seguro: una vivienda, comida adecuada para el día, acceso a la atención médica, un buen nivel de educación e información, libertad religiosa y de expresión.

León XIV insiste en que los pobres no son un “tema” de la pastoral, sino el corazón mismo de la acción evangelizadora. Son sujetos activos, capaces de enseñarnos a vivir el Evangelio a través de su resiliencia, su fe y su experiencia cotidiana.

Ayudar al pobre es, en efecto, una cuestión de justicia, antes que de caridad. Como observa San Agustín: «Das pan al hambriento, pero sería mejor que nadie sintiese hambre y no tuvieses a nadie a quien dar. Vistes al desnudo, pero ¡ojalá todos estuviesen vestidos y no hubiese necesidad de vestir a nadie!» (Homilías sobre la primera carta de san Juan a los partos, VIII, 5).

A punto de terminar al año jubilar, el Papa pide impulsar políticas que garanticen derechos básicos como el trabajo, la educación, la vivienda y la salud, «para combatir antiguas y nuevas formas de pobreza, además de nuevas iniciativas de apoyo y ayuda a los más pobres entre los pobres».

Y menciona las Homilías sobre la primera carta de san Juan a los partos, VIII, 5, de san Agustín, para explicar que la verdadera meta es construir un mundo donde nadie tenga que sufrir hambre ni desamparo.

Das pan al hambriento, pero sería mejor que nadie sintiese hambre y no tuvieses a nadie a quien dar. Vistes al desnudo, pero ¡ojalá todos estuviesen vestidos y no hubiese necesidad de vestir a nadie!

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