Kush en Sierra Leona: huertos donde vuelve a crecer la esperanza
Las vidas de Fatmata, de 17 años, e Isatu, de 19, se cruzaron por primera vez hace meses en el Proyecto de Rehabilitación y Empoderamiento frente al Kush (REAR), impulsado en la aldea de Makomba, en Sierra Leona, por Caritas Freetown, socio local de Manos Unidas.
Podrían haber coincidido en la escuela, en reuniones con amigos o en eventos propios de jóvenes de su edad. Porque ambas tenían vidas y sueños similares, hasta que el kush, esa droga sintética que está causando estragos en la juventud de muchos países de África occidental, entró en sus vidas.
Fatmata es la mayor de cinco hermanos. Estudiaba en la "Evangelical Model High School" de Freetown y quería convertirse en ingeniera o médica. Pero, cuando se acercaban los exámenes finales, la presión, la influencia de su entorno y el consumo de kush cambiaron el rumbo de su vida.
El bajo coste del kush y su enorme capacidad adictiva han hecho que, en Sierra Leona, el consumo de esta droga sea tratado como una emergencia nacional. Sus devastadoras consecuencias se están dejando sentir en las poblaciones juveniles urbanas del país y de toda la región de la Unión del Río Mano. Sus efectos sobre el organismo son terriblemente dañinos —deterioro progresivo físico y cognitivo, deficiencias nutricionales, vulnerabilidad a enfermedades infecciosas y episodios psiquiátricos agudos—, hasta el punto de llegar a ser letales.
Imagen
Jóvenes adictas: estigma y exclusión
Las jóvenes que consumen kush no solo sufren los devastadores efectos físicos y psicológicos de la adicción, sino también las consecuencias sociales derivadas de una dependencia fuertemente estigmatizada en una sociedad donde la respetabilidad femenina tiene un enorme peso cultural. Además, para muchas chicas, esta dependencia también va acompañada de violencia, rechazo familiar, exclusión social, explotación y vida en la calle.
Eso fue lo que vivió Fatmata.
Mientras, en otra zona de la ciudad, la historia de Isatu cobraba tintes similares.
Isatu estudiaba segundo curso de Medicina y Enfermería. Quería ser cirujana. Reservada y con dificultades para gestionar el estrés y el insomnio, empezó consumiendo tramadol de forma ocasional. Poco a poco, la dependencia fue creciendo hasta arrastrarla al consumo de kush. Su salud física y mental se deterioró, perdió la capacidad de concentrarse y acabó abandonando la universidad.
Imagen
También ella terminó viviendo en la calle.
En esas calles que se convirtieron casi en su mayor enemigo. Esas calles en las que intentaban buscar refugio y solo encontraban peligro y violencia. Hasta que alguien decidió tenderles una mano.
En el caso de Fatmata, fue su padre quien consiguió encontrarla después de un tiempo buscándola. Tuvieron una conversación que cambió su vida. Le habló del futuro que todavía imaginaba para ella y le propuso ingresar en un centro de rehabilitación. Fatmata aceptó.
Isatu tomó esa decisión junto a su madre. Cuando comprendieron que ya no podían afrontar solas la situación, buscaron ayuda en Caritas Freetown.
Las dos llegaron al mismo lugar con historias diferentes, pero con heridas muy parecidas.
Huertos para reconstruir vidas
El Proyecto REAR nació precisamente para responder a la epidemia de kush que golpea Sierra Leona. Más allá del tratamiento de la adicción, ofrece un acompañamiento integral basado en atención médica, apoyo psicológico, terapia individual y grupal, formación profesional y preparación para la reintegración familiar y social.
Pero hay un espacio del programa donde la recuperación adquiere una forma especialmente tangible: el huerto. Y ahí está Manos Unidas.
Cinco días a la semana, las jóvenes trabajan la tierra bajo la supervisión del responsable agrícola del centro. Preparan el terreno, siembran, riegan, elaboran compost, eliminan las malas hierbas y recogen tomates, pimientos, berenjenas locales, okra, hojas de batata, moringa y otras hortalizas que después se utilizan para preparar las comidas del propio centro.
No se trata únicamente de aprender agricultura. Cuando labran la tierra, las jóvenes pueden reflexionar, pensar en sus vidas, en sus raíces… Como ellas, las plantas necesitan cuidados, paciencia y mucho amor. Como en su caso, donde en un momento solo había tierra seca, ahora hay vida y esperanza.
Imagen
Pero el huerto no es la única actividad que ayuda a reconstruir vidas rotas. Mientras aprenden un oficio —peluquería, costura…— que puede ofrecerles un medio de vida cuando abandonen el centro, las participantes vuelven a establecer rutinas, recuperan la confianza en sí mismas y experimentan algo que muchas habían olvidado: la satisfacción de cuidar, construir y ver crecer el fruto de su propio esfuerzo.
En el huerto, estas muchachas trabajan la tierra con sus manos. Eso les ayuda a reducir la ansiedad, favorece la concentración y devuelve una sensación de control sobre el presente. Al mismo tiempo, la cosecha alimenta a toda la comunidad del centro, reforzando el sentimiento de pertenencia y responsabilidad compartida.
Fatmata e Isatu vuelven a hablar de estudiar. Quieren ayudar a otras personas de la misma manera que ellas recibieron ayuda.
Quizá la vida vuelva a unirlas en la universidad. Nunca se sabe. Por el momento, la única certeza para ambas es que se puede salir de la adicción. Con esfuerzo, con trabajo y con mucha disciplina.
Cada mañana, en el huerto que en principio se pensó como un proyecto para dar formación en agricultura a mujeres sin recursos, un grupo de adolescentes va labrando poco a poco un nuevo futuro.
Como asegura el director del programa:
«La verdadera recuperación no consiste únicamente en dejar atrás la adicción, sino en construir oportunidades que hagan posible una vida nueva. Cuando una joven descubre sus capacidades y adquiere las habilidades para mantenerse por sí misma, comienza a ver un futuro lleno de posibilidades.»