A finales de la primavera de 2025, Olga Durich, voluntaria del departamento de Empresas Solidarias de la delegación de Barcelona de Manos Unidas, tuvo la oportunidad de convivir con la Congregación de las Religiosas de María Inmaculada en Bamako (capital de Mali).
Escribo estas palabras desde Barcelona, con el recuerdo de lo vivido aún bien presente, y con la emoción a flor de piel, al ver en primera persona como la labor de Manos Unidas y sus socios locales cambian la vida de tantos seres humanos.
Desde hace casi tres décadas, y con el soporte de Manos Unidas, las hermanas han formado —y siguen formando— a muchas mujeres en sus tres misiones en Mali, con el objetivo de darles una educación de calidad, la cual les permite labrarse un futuro digno, tanto a nivel laboral como vital.
En Bamako —donde yo me alojé—, más concretamente en el barrio del río (antiguo barrio francés), el Centro Vicenta María dispone de varios edificios que sirven de residencia y centros de formación.
Después del trayecto en taxi por la caótica y destartalada ciudad, llegar a aquí, con jardines, limpia y cuidada, es como entrar en un oasis, un remanso de paz y tranquilidad.
En el centro, residen unas 100 chicas, siendo muchas de ellas estudiantes de secundaria en el Liceo colindante a la residencia. Además, en el Centro Vicenta María, forman a más de 400 chicas en servicio doméstico, costura, pastelería y peluquería, obteniendo muchas de ellas un diploma o titulación, que les abrirá un montón de puertas, cerradas a cal y canto hasta hace demasiado poco.

Aunque la educación en Mali es obligatoria y gratuita entre los 7 y los 17 años, y en los últimos años ha habido un aumento en la escolarización, todavía hay un tercio de los niños en edad escolar no asisten a la escuela.
De ellos, un 60 % son niñas. Casi todas ellas están abocadas a realizar las tareas más duras: cocinar, ir a buscar agua y a casarse jóvenes, con lo que tienen muy pocas oportunidades para formarse e independizarse económicamente. La influencia del islamismo más conservador, practicado por el 90 % de la población, hace que la formación de las mujeres se vea como algo secundario, e incluso prescindible.
Un tercio de los niños en edad escolar no asisten a la escuela.
Por ello, la labor de estas religiosas es tan importante. Junto a Manos Unidas, llevan más de 20 años colaborando en la construcción y mantenimiento de edificios, apoyando los talleres, a la formación de profesores y atendiendo a las múltiples necesidades e imprevistos que pueden surgir en un país como Mali.
Cuatro hermanas africanas (una de Mali y tres de Burkina Faso) son las actuales gestoras del centro, donde, diariamente, trabajan formadoras y demás personal de soporte. Pocas veces en mi vida he visto personas tan entregadas, con una capacidad de trabajo tan descomunal y un buen humor contagioso como el de estas monjas.
Su jornada empieza a las 5:30 h de la mañana, con una misa u oración, y continúa hasta casi la medianoche. Un no parar de asuntos ocupa todo su día (gestión, administración, y un sinfín más de cosas). Y todo ello con temperaturas cercanas a los 40 grados, lo cual amplifica el esfuerzo requerido para llevar a cabo hasta la más mínima tarea.

Así me hicieron sentir desde el primer momento, tanto las hermanas como el personal y las estudiantes. No puedo más que agradecerles la magnífica hospitalidad, cariño y calor que me ofrecieron desde el minuto uno.
Aunque el idioma me impidió ayudar más de lo que hubiera querido, no dudé en arremangarme y echar una mano en todo aquello que fuera posible. En mi tiempo en Bamako, di clases de español y de cocina, e incluso nos animamos a aprender informática juntas.
Trabajar mano a mano con ellas, comer lo que comían, reír con ellas, bailar con ellas en sus misas llenas de música y color y el respeto que siempre intenté tener hacia ellas y sus costumbres… Personalmente, pude percibir que agradecieron enormemente que fuese una más, tal como era mi intención.
En los ratos más tranquilos, que también los había, pude charlar tranquilamente con diversas hermanas y alumnas, que muy amablemente se prestaron para pequeñas entrevistas, que Manos Unidas Barcelona ha difundido y difundirá en sus redes sociales.

Recuerdo especialmente a Nathalie, la formadora de servicio doméstico, con quien innovamos dando formación proyectada en pantalla.
También a Felicité, la encargada de recibir a las señoras, que los martes y jueves venían con sus mejores galas a contratar a empleadas del hogar. La mayoría de conversaciones entre ellas eran en Bambara, el idioma más hablado en Mali, pero su marcada teatralidad al expresarse me permitió, casi siempre, intuir por dónde iban las conversaciones.
A causa de los vándalos y terroristas islámicos que asolan varias regiones de Mali, me fue imposible visitar las otras misiones de las hermanas en el país, así como lugares emblemáticos como País Dogón o Tombuctú.
A pesar de la pobreza y de las dificultades diarias a las que se enfrentan la gente por sobrevivir, en ningún momento tuve esa sensación de peligro o inseguridad, de la que tanto me habían advertido antes de pisar Bamako.
La realidad es que sólo me encontré con gente amable y educada en mi estancia en Mali. Personas honestas, como el taxista que volvió al restaurante para devolverme la cartera que se me había caído en su vehículo; gente hospitalaria que te ofrece resguardo en la sombra o una silla donde sentarte.
Personas dispuestas a bromear en todo momento y gente para quien el honor y la dignidad está por encima de cualquier otra consideración material. Ese es el mejor recuerdo que me llevo de Mali.