Etiopía, ¿al borde de una nueva guerra?

Etiopía afronta una nueva incertidumbre cuatro años después de conflicto armado.
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Etiopía al borde de una nueva guerra. Marta Carreño

Cuatro años después del acuerdo de paz que puso fin a la guerra entre el Gobierno etíope y el Frente de Liberación del Pueblo Tigré (TPLF), la incertidumbre vuelve a hacerse fuerte en el norte de Etiopía. Sin embargo, la situación actual presenta notables diferencias respecto a la que desembocó en el devastador conflicto de 2020.

La guerra dejó cientos de miles de víctimas mortales -más de medio millón, según diversas fuentes-, millones de desplazados y un territorio profundamente marcado por la destrucción. Durante dos años, la población de Tigré sufrió combates, violaciones de derechos humanos, desplazamientos forzosos y un aislamiento casi total del resto del mundo. Aunque la firma del acuerdo de Pretoria, en noviembre de 2022, abrió una ventana de esperanza, muchas de las medidas necesarias para consolidar una paz duradera nunca llegaron a materializarse.

Cuatro años de paz inestable

En estos cuatro años, en medio de esa paz inestable y mientras las comunidades duramente afectadas por el conflicto intentaban reconstruir las vidas rotas, recuperar los cultivos arrasados, reabrir pequeños negocios y levantar infraestructuras destruidas, el clima de desconfianza entre las partes fue creciendo. La vuelta de los desplazados a las comunidades que se vieron obligados a dejar atrás, la reparación del tejido social y la reconciliación seguían siendo asignaturas pendientes.

Han sido cuatro años y pocos signos de búsqueda de una paz duradera. La ayuda internacional y el combustible llegaban a la población más afectada con cuentagotas y, entre la vulnerabilidad y el desencanto de los tigrinos, el TPLF ha aprovechado para rearmarse. Además, el reclutamiento forzoso de jóvenes y la toma, por parte del ejército rebelde, de los principales aeropuertos de Tigré alimentan el miedo a una nueva guerra. Aunque los acontecimientos de los últimos días han modificado de forma significativa el escenario.

Las fuerzas federales etíopes han recuperado el control de Mekelle, la capital regional, y de buena parte del territorio de Tigré. Según las informaciones disponibles, la entrada de las tropas se produjo sin enfrentamientos en la ciudad después de que las fuerzas tigrinas se replegaran, evitando por ahora los combates urbanos y sus consecuencias para la población civil. De esta manera, el ejército federal continúa su marcha hacia Eritrea sin obstáculos aparentes.

El miedo a una nueva guerra en Etiopía

No obstante, la supuesta calma no ha disipado la preocupación. Los soldados federales caminan, exhaustos, hacia las zonas fronterizas con Eritrea que, todo apunta, van a convertirse en el principal escenario de una confrontación más amplia, en la que ya no solo se dirima el futuro de Tigré, sino también las crecientes tensiones entre Etiopía y su país vecino. Con la ansiada búsqueda de una salida al mar Rojo para Etiopía en el horizonte.

La inquietud es aún mayor porque el conflicto podría extenderse más allá del Tigré, suposición que acrecienta la reciente creación de la llamada «Alianza por la Supervivencia», formada por siete ejércitos regionales contrarios al presidente Abiy Ahmed Ali. Y más allá de esto, se acrecienta la alerta de que la implicación de distintos actores regionales podría acabar afectando a otros países del Cuerno de África, agravando la inestabilidad en una de las regiones más frágiles del continente. Tanto es así que se habla ya de un nuevo Sudán en la región.

Pero más allá de los movimientos militares y las tensiones geopolíticas, hay una realidad que sobresale por encima de todas: la de una población agotada.

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Etiopía al borde de una nueva guerra. Marta Carreño
Años de violencia, pérdidas, hambre y desplazamientos han dejado una sociedad agotada. Fotografía: Marta Carreño

Una población agotada tras años de conflicto

En estos momentos existe una diferencia fundamental respecto a la guerra iniciada en 2020. Entonces, una parte importante de la población tigrina apoyó el conflicto convencida de que defendía su territorio y su futuro. Hoy, el sentimiento es radicalmente distinto. Años de violencia, pérdidas, hambre y desplazamientos han dejado una sociedad agotada.

Los jóvenes son probablemente el mejor reflejo de ese cambio. Muchos han abandonado las ciudades y se han refugiado en zonas rurales para evitar el reclutamiento. Otros han viajado a Adís Abeba o a distintas regiones del país buscando mantenerse al margen de una guerra que ya no consideran suya. Quienes vivieron el conflicto anterior conocen demasiado bien sus consecuencias y no quieren volver a empuñar las armas.

Desde el terreno nos hablan de cansancio y desesperanza. Tras años de sufrimiento y una reconstrucción incompleta, la población siente que vive atrapada en una incertidumbre permanente. "La gente está cansada", nos transmiten nuestros contactos. Cansada del miedo, de las tensiones y de la amenaza constante de una nueva guerra.

Según explican fuentes locales, cada vez quedan menos jóvenes dispuestos a combatir. La mayoría solo desea recuperar una vida normal, trabajar, cuidar de sus familias y mirar al futuro con algo de esperanza. En Tigré, más que de guerra, hoy se habla de supervivencia.

Goitom es uno de esos jóvenes que viven atrapados por la incertidumbre. Se encuentra en Adís Abeba, lejos de su hogar y de su familia. Durante días no ha podido comunicarse con su esposa ni con su hijo pequeño. Su preocupación no tiene que ver con la política ni con los movimientos de los ejércitos. Su miedo es mucho más sencillo y mucho más humano: no saber si sus seres queridos están bien y no poder regresar junto a ellos.

Desde Manos Unidas seguimos atentos a la evolución de los acontecimientos y comprometidos con la población de Tigré. Junto a nuestros socios locales, continuamos trabajando para apoyar a las comunidades más vulnerables y ofrecer oportunidades de recuperación y desarrollo en un contexto extremadamente frágil.

Lo hicimos en el anterior conflicto y lo haremos ahora. Con las personas en el centro de nuestras acciones, caminaremos junto al pueblo etíope, en Tigré y en el resto del país, con la mirada puesta en un desarrollo sostenible y duradero que sea garantía de concordia y esperanza.

Porque la paz no consiste únicamente en silenciar las armas. La paz también significa reconstruir comunidades, restablecer la confianza, garantizar derechos y devolver la esperanza a quienes han sufrido la violencia. Por eso, pase lo que pase en los próximos meses, nuestro compromiso con la población etíope permanece intacto. Solo así será posible que las heridas de estos años empiecen realmente a cicatrizar.

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