Aumentan las precauciones, pero la vida sigue su curso.
Hace tan solo unos días nos despertamos con una preocupante noticia: la Organización Mundial de la Salud (OMS) había declarado una «emergencia de salud pública de importancia internacional» por el nuevo brote de ébola que afecta a la provincia de Ituri, en la República Democrática del Congo (RDC), y a la vecina Uganda.
Los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia, que hablaba de cientos de personas contagiadas por el virus del ébola en la RDC y decenas de fallecidos. En Uganda, el alcance del brote era mucho menor. «Pero, según los expertos, este puede ser, probablemente, el decimosexto o decimoséptimo brote de ébola al que nos hemos enfrentado», explica el padre Manuel, misionero en Bunia (Ituri) y socio local de Manos Unidas.
Cierto es que este último brote de ébola —Bundibugyo— parece más peligroso por no pertenecer a una de las cepas más conocidas, como la Zaire, y por tener un grado de contagio superior. Según nuestros socios locales en la zona, las autoridades sanitarias de ambos países han activado rápidamente las medidas de prevención contra el ébola acordadas para este tipo de situaciones y la población, advertida e informada, intenta continuar con su vida diaria sin alarmismos.
«Por ahora, la vida sigue igual. No hay restricciones para reunirse ni para celebrar las eucaristías y otros sacramentos. El mercado central, las universidades y los colegios siguen funcionando normalmente. Pero, por ejemplo, la gente ya empieza a saludarse sin darse la mano y algunas personas utilizan mascarillas. Hay inquietud, pero no miedo», asegura el padre Manuel.
La gente dice que hay «muertos» en los barrios, pero que, para ellos, son muertes «normales».
La ciudadanía ya sabe qué medidas de precaución frente al ébola debe tomar. Quizá las más llamativas sean las relacionadas con el contacto físico con los enfermos: «Se pide a la población que informe a los centros de salud de los casos sospechosos. Por supuesto, no puede haber contacto físico con los enfermos ni enterrar a parientes o amigos sin llamar antes a los equipos especializados», explica el misionero español.
El lavado de manos con agua limpia y gel es, quizá, la medida más importante para prevenir el contagio del ébola. Pero no está al alcance de todos.

En vísperas de los exámenes del segundo semestre, desde el colegio de los menesianos, donde los alumnos no han dejado de acudir, lamentan las dificultades para mantener las medidas de higiene: «Habíamos comprado lavamanos, pero estos no cubren las necesidades de la escuela, porque cada aula debe tener uno o dos. Debemos comprar barriles de doscientos litros para el lavado de manos en la entrada de la escuela y en algunos puntos estratégicos del patio escolar. También debemos comprar gel desinfectante y otros productos antisépticos», explican.
A ello hay que sumar el gran gasto de agua y el problema de no poder mantener la distancia en aulas masificadas en las que los alumnos comparten pupitres.
Las autoridades se han movilizado rápidamente en colaboración con la OMS en Bunia, que ya ha pedido material para los espacios públicos. «Acaban de decirme que hoy mismo llegarán dichos materiales a Bunia», informa el padre Manuel.
El religioso enumera los centros sanitarios en alerta para hacer frente a este nuevo brote de ébola en África: un hospital de referencia, el Hospital General; un hospital de la Iglesia protestante de Nyankunde, CEME; y también un hospital privado, el Salama, con el que colabora Médicos Sin Fronteras.
Según los expertos, Congo cuenta con un equipo de especialistas muy competente en la detección del virus del ébola. «Y pienso que Bunia está bien equipada para afrontar esta epidemia, aunque la ayuda exterior seguro que también será de gran ayuda», aclara el padre Manuel.
Desde Manos Unidas estamos en contacto permanente con nuestros socios locales en la zona afectada por este último brote de ébola y nos hemos ofrecido a ayudar en todo lo que sea necesario.