Proyecto de emergencia para socorrer a los afectados por las lluvias torrenciales.
16 de enero de 2026, el mensaje que nos envía la hermana María Gómez Lechón, religiosa Hija de la Caridad de San Vicente Paul, da cuenta del desastre que han producido las intensas lluvias en Chókwè y en amplias zonas de la provincia de Gaza, al sur de Mozambique.
Estamos en situación de inundaciones. Yo esto aquí en Macia refugiada y las Hermanas del Carmelo están allí en Chókwè. Está bajando el nivel, pero el desastre es descomunal. No tengo nada más que lo que llevo puesto y las condiciones son pésimas. Nosotras sobrevivimos bien en relación a estas personas que lo han perdido absolutamente todo.
Absolutamente todo. Las lluvias, llegaron de golpe, arrasando todo a su paso. Los avisos emitidos por el Instituto Nacional de Gestión y Reducción de Riesgos de Desastres (INGD) no fueron suficientes. La incertidumbre se hizo dueña de una población que, mirando al cielo, esperaba un plan de respuesta a una calamidad anunciada, que nunca llegó. Y el fenómeno alcanzó tal magnitud que superó ampliamente la capacidad de reacción local. El desbordamiento simultáneo de grandes ríos, unido a lluvias intensas y persistentes, provocó inundaciones extensas que afectaron zonas urbanas y rurales, dejando comunidades enteras aisladas.

Manos Unidas ha acudido en apoyo de esas familias que viven en la pobreza absoluta y que han visto desaparecer bajo las aguas lo poco que tenían. «Las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl, responsables de la gestión del Hospital de Chókwè y con quienes hemos colaborado en muchas ocasiones, nos han solicitado ayuda de emergencia para poder proporcionar kits de subsistencia durante cuatro meses a unas 6000 familias, hasta que puedan obtener nuevas cosechas», explica María Nieto, coordinadora de Proyectos de la ONG en el país africano. Unos kits que se repartirán mensualmente y que estarán compuestos por un lote de alimentos básicos y de higiene para cada familia: harina, azúcar, judías, aceite, arroz, sal, té y jabón.
Con ello, Manos Unidas intenta socorrer a una población afectada por unas lluvias de una intensidad pocas veces vista antes.
Yo vi como el agua iba subiendo y subiendo a las casas, iba llegado a las ventanas, hasta los tejados. Y durante la noche llovió sin parar y pensé que el agua nos iba a llevar con ella. No solo era el agua de las precipitaciones, sino la que llegaba de los pantanos a África del Sur, que los abren porque también allí han tenido un temporal de lluvias muy fuerte y esa agua tiene que salir por algún lado. Nosotras estamos en la desembocadura del río Limopo y esa agua tenía que pasar por aquí hasta Xai Xai, donde el agua cubrió casa, comercios... El río llegó a tener una anchura de 35 kilómetros. Todo era agua.
En Chiaquelane, donde se desplazaron muchas personas, las autoridades instalaron tiendas y centros de acogida provisionales. A los tres o cuatro días, el problema más grave era la falta de comida. «Las personas salían de sus casas con alimentos para pocos días. No podían llevar más, porque ellos no tienen remanentes de nada. Pronto llegó el hambre, porque han estado allí como mínimo 15 o 20 días», explica la religiosa valenciana.

Algunas personas han vuelto a sus casas para encontrar que lo han perdido todo. Salieron huyendo casi con lo puesto y lo poco que tenían forma ahora parte de los restos inservibles de unas viviendas construídas de barro y caña. Las machambas, esas pequeñas parcelas de tierra cultivada, fundamentales para la agricultura de subsistencia y la seguridad alimentaria familiar, ya no existían. Toca reinventarse y empezar de cero.
Reinventarse con muchas dificultades. Sin electricidad, sin agua… «Durante cerca de 15 días, las familias se han visto obligadas a limpiar y a cocinar con agua contaminada, aumentando significativamente el riesgo de enfermedades gastrointestinales, cólera, dermatitis y malnutrición. Las comunicaciones también se han interrumpido, lo que ha dificultado el acceso a la ayuda y a la información».
La respuesta de la población ha sido increíble. Vecinos, familiares, amigos ayudándose como buenamente podían. La Iglesia también ha estado allí, desde el primer momento. «A través de las parroquias, comunidades religiosas y los propios fieles, se organizó para acoger a las personas desplazadas, ofreciendo espacios cubiertos, agua para beber, asearse, lavar ropa y, dentro de sus posibilidades, alimentación básica».
Manos Unidas fue la primera en preguntarnos. En interesarse por cómo estábamos y en enviarnos la ayuda de emergencia. Manos Unidas se puso manos a la obra, como siempre.